«Somos su voz afuera»: la lucha de Adriana Briceño por la libertad de su esposo
Ángel Godoy es ingeniero y redactor de profesión, el día de su detención, en Los Teques, estado Miranda, estaba llegando a su casa
El 8 de enero de 2025, la vida de Adriana Briceño cambió para siempre. Esa tarde, cerca de las cinco y media, su esposo, Ángel Godoy, fue interceptado en Los Teques por hombres vestidos de negro, sin identificación alguna. Nadie explicó quiénes eran ni dónde lo llevaban. Entre gritos, alcanzó a pedir que avisaran: “Me está llevando el Sebin”. Fue lo único que permitió a Adriana identificar al organismo que lo detenía.
“Los vecinos se alertaron, pero en cuestión de minutos ya no estaba”, recuerda. Desde ese momento comenzó una búsqueda desesperada, recorriendo instituciones sin que nadie respondiera sus preguntas. Pasaron 22 días de desaparición forzosa hasta que, finalmente, supo que estaba recluido en El Helicoide. Sin embargo, no pude hablar con él sino hasta 96 días después.
En el momento de la detención, su esposo estaba en tratamiento por una bronquitis aguda, secuela del COVID-19. Lo primero que hizo Adriana fue insistir en que le permitieran recibir sus medicinas, un nebulizador y todo lo necesario para su cuidado. “Por lo menos eso sí lo recibió, y en ese sentido está mejor”, explica. Aun así, el polvo y las condiciones del lugar han hecho que su salud siga siendo frágil.
Han pasado ya siete meses desde su detención. Para él, lo más difícil no es el encierro en sí, sino la separación de su familia. «Él es un papá presente. Ayudaba a nuestro hijo con las matemáticas, estaba en cada momento importante. Cuando nuestro hijo se graduó de bachiller, no pudo estar… esa ausencia le ha dejado cicatrices profundas«, confiesa Adriana con la voz entrecortada.
Proceso irregular
La familia se ha enfrentado a un proceso judicial lleno de irregularidades. El 18 de enero fue presentado en audiencia preliminar, donde le imputaron los delitos de terrorismo e incitación al odio, basados —según Adriana— en pruebas inexistentes. Aunque la defensa pidió la libertad plena, la solicitud fue negada y el caso pasó a juicio. “Ni siquiera sabemos todavía a qué tribunal fue asignado”, denuncia.
A pesar de todo, Adriana mantiene la fe y la determinación. «Hacemos lo posible por luchar por él y con él. Nosotros somos su voz afuera. Ya agotamos todas las instancias regulares, ahora solo confiamos en Dios y en que las cosas cambien».
Para ella, cada día es una batalla contra el silencio y el olvido, y cada palabra que pronuncia es un recordatorio de que su esposo no está solo.






